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CONTINUACION DEL CUENTO DE ESTA SEMANA

aqui yo escribo un libro y tu lo criticas, ahora estamos con TACQUI, EL DEMONIO MILENARIO

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LA LEYENDA

Los paisajes pasan a prisa y a lo lejos queda envuelta en el acostumbrado cielo color rata, la capital. No viaja en primera clase pero el bus es cómodo su compañera de asiento una típica mujer de campo, con sus polleras multicolor, su rostro avejentado por el clima de la Sierra, y con ese característico olor a queso rancio, gracias a Dios escogí la ventana -se dice interiormente- Antonio, aún no puede conciliar el sueño el sol se lo impide y más aún el miedo a la pesadilla de la noche anterior y tras anterior. Saca la cámara de su mochila y enfoca los paisajes a lo lejos, gira el lente una y otra vez tratando de enfocar con claridad las imágenes, las aproxima con el zoom imaginando casi palparlas, hasta que se aburre y se cubre la cara con una manta que le dio Meche. la empleada de Angélica antes de partir advirtiéndole del frío de la zona.

Despierta ya casi en el terminal de Apurimac, se frota la mano sobre los cabellos, y luego se despereza, dobla lo más pequeña que puede la manta y la mete en la mochila, y espera la llegada al terminal.

Ya fuera del terminal le pide a un taxi que lo lleve a la dirección que tenia apuntada en el papel, y este lo lleva. Por el camino el taxista interroga:

¿Osted no es di ista zona verdad?
No. responde Antonio-
¿Qui lo trae por acá? -con su castellano mal hablado-
Vengo a ver a un amigo
O ya....

Después de unos 45 minutos por fin llegan al destino, Antonio se baja del taxi y le agradece al hombre, el cual recibe la plata y se retira lentamente dejando una polvareda tras de si.
Antonio toma nuevamente el papelito en el que tenia la dirección y empieza a buscar la calle, por fin da con ella, busca la numeración y llega a una casucha de adobes con techo de calaminas, toca suavemente la puerta toda oscurecida por el tiempo hecha de madera, sale un niño de unos 10 años y lo queda observando algo confuso, Antonio pregunta,
¿Está el señor Rigoberto?
Istá fuera siñor, -responde el niño, en su castellano andino-
¿A que hora lo encuentro?
Dibe estar por llegar siñor
Entonces lo esperaré, -dice Antonio-
Y se da media vuelta y camina hacia una tienda al frente de la casa. Se sienta en una banquita y pide una gaseosa sin helar, se la toma lentamente como haciendo hora, hasta que por fin divisa a Rigoberto llegando en una carretilla con algunos leños y bolsas llenas de verduras. Se termina el último sorbo de gaseosa y sale a su encuentro, Rigoberto lo queda viendo sin reconocerlo hasta que Antonio le explica detalladamente el motivo de su visita, Rigoberto lo escucha, y cuando llega al punto de lo de los zapatos Rigoberto cambia de semblante, agacha la cabeza mirando un punto fijo en el suelo hasta que Antonio lo saca de su trance.
Rigoberto, Rigoberto, y poniéndole una mano en el hombro lo empuja un poco tratando de hacerlo reaccionar.
Rigoberto levanta la cabeza y en tono ahogado le dice: no es tan sencilla la historia que debe averiguar, el Tacqui no puede ser visto, nadie lo ha visto, no hay indicios de que alguien lo haya visto, excepto yo.
¿El Tacqui? interroga Antonio-
¡Si! Así lo llamaban
¿Quien?
Los habitantes del pueblo
¿Qué pueblo?
Mañana temprano lo llevaré
¿No podemos ir hoy? Es que la verdad no he traído mucho dinero como para quedarme dos días o más.
No se preocupe por estadía joven, puede quedarse en mi casa, vivo solo con mi hijo, tengo un cuarto desocupado, puede si desea, quedarse ahí.
¡No!... no se incomode hombre, buscaré un alojamiento si no se puede ir hoy.
No me incomoda, venga, pase adelante, -y tocando la puerta lo hace pasar.-

Antonio se acomoda a la mesa con Ruperto el hijo de Rigoberto, y comparte la cena antes de ir a dormir. Durante la cena solo se habla de Lima y el porque Rigoberto se tuvo que regresar a su tierra.
Me regresé porque mis tierras estaban abandonadas y los peones que dejé cuidándola se robaron la cosecha, mi hijo aún es muy pequeño para que vea los negocios de la familia, pero ya será pronto en que él lo veo todo. El niño al escuchar estas palabra sonríe con orgullo ante las caricias de su padre en la cabeza.
Antonio prefrió no tocar el tema del Tacqui hasta la mañana siguiente, pues parecía afectar a Rigoberto.
A la mañana siguiente muy temprano Ruperto le jaló la frazada a Antonio y lo sacudió para que se despierte.
Siñor, siñor, mi padre lo istá esperando afuera.
Antonio se puso en pie y poniéndose lo que tenia a mano salió a prisa de la habitación. Afuera estaba Rigoberto montado en un caballo y agarrando a otro de las riendas.
¿Sabe montar a caballo? le pregunto Rigoberto-
¡Sí! Mi padre tenia una granja con tres caballos cuando éramos pequeños.
Bien, entonces suba, -y le entregó las riendas-
En el camino Rigoberto sacó una bolsita con habas y mote, y se la entregó a Antonio diciéndole:
Este es su desayuno, es muy nutritivo, coma usted.
Antonio no le hizo ningún asco y lo fue comiendo durante todo el recorrido.
Iban a paso lento, ya tenían dos horas cabalgando, se internaban por entre los matorrales y pasaban de rato en rato por algún pueblecillo de apenas 7 u 8 casas.
Mientras avanzaban, Antonio reconoció un paraje inmenso, en el que al fondo se divisaba gente trabajando la tierra, y algunas casas entre las que había una que él ya conocía, estaba viviendo escenas de su sueño, era exactamente como lo había soñado, cada cerro, cada árbol, cada casita una al lado de la otra, las vacas, las ovejas, el mismo color de cielo, todo, todo era tal cual su sueño.

Antonio se detuvo, Rigoberto le pregunta: ¿le sucede algo?
Es que esto ya lo he visto antes.
¿Cómo? -Interroga Rigoberto-
¡Si!... lo vi en mis sueños, antes de venir para acá.
El destino le prepara algo muy interesante joven. -Dice Rigoberto-

Nuevamente retomaron el rumbo, y por fin Antonio diviso la casa en la que la chica lo llamaba, la casa en sus sueños, Rigoberto señaló hacia ella y dijo:
Esa era mi casa, yo vivía justo allí, a la espalda hay un puente por el que transitaban en ese tiempo las carretas con los alimentos de intercambio entre pueblo y pueblo, ahí empieza la historia del Tacqui.

Descendieron de los caballos y los amarraron a un tronco, les dieron de beber un poco de agua y se encaminaron hacia la ex casa de Rigoberto. Antonio estaba pálido, no había mencionado palabra alguna desde que divisó las escenas de su sueño, solo atinaba a seguir tímidamente a su guía.

Rigoberto empuja la puerta de ingreso a la ex casa e invita a Antonio a pasar, pero este no se mueve solo mira perplejo. Rigoberto insiste y Antonio sede, -en su mente se convencía a si mismo de que un sueño, es un sueño, y la realidad nada tiene que ver con ello- avanza a la puerta, la pasa, sin alejarse de Rigoberto y una vez adentro, enfoca, recuerda, analiza y se queda mirando fijamente aquel rincón del que salió la chica con esos ojos desorbitados pidiéndole auxilio, Antonio cierra los ojos, sacude la cabeza y avanza a paso firme tras Rigoberto, pero esquiva aquel rincón y lo pasa sin mirar hacia la oscuridad.
Rigoberto lo llama. Joven, venga, de aquí es de donde lo vi.
¿Vio que? -Pregunta Antonio-
Al Tacqui, le voy a contar la historia, aunque el recuerdo me mate.
Sí, dígame dice Antonio-

Por ese puente que ve usted ahí se transportaba como le dije, los alimentos entre pueblo y pueblo, para hacer el trueque. En ese tiempo no había dinero aún en esta parta de Apurimac, podríamos decir que aún vivíamos como una familia. La cosa es que nada perturbaba nuestra apacible comunidad, pero algo empezó a suceder en ese puente. Primero fue un leñador, quien cruzando con su mula, empezó a gritar en plena oscuridad, todos salimos a ver que sucedía pero llegamos tarde, el hombre yacía muerto y la mula votaba espuma por la boca. Después fue una señora del pueblo del otro lado del puente, venia hacia acá y escuchamos también sus desgarradores gritos. Cuando la fuimos a ver la encontramos muerta, no le habían robado nada, y no tenia indicios de que la hubieran lastimado con algo, solo estaba tirada en medio del puente.
Hasta ese momento nadie se había percatado de los zapatos, excepto yo, pero no dije nada, pues tampoco le encontraba alguna relación con las muertes.
Y así muchos otras muertes sin explicación, y de igual forma los zapatos fuera de su lugar, el pueblo decía que el puente estaba embrujado, pero lamentablemente era el único lugar de paso, y teníamos que utilizarlo, llegamos a ponernos de acuerdo para no pasar el puente después de las 6 de la tarde, pues en la oscuridad habían pasado la mayoría de asesinatos, pero los muertos siguieron apareciendo, ya no había hora. Entonces pedimos a la municipalidad de Apurimac, que construyera otra vía para evitar ese puente, pero mientras se hacia tal obra, se seguía utilizando el mismo puente.

Una mañana mi hija tuvo que cruzar al otro lado del puente a traer unos productos, yo debí hacerlo, pero tenia que terminar la cosecha de papa para el atardecer, le dije que no regresara si se le hacia muy tarde por aquel lugar, ella dijo que regresaría acompañada con alguien, aún así se lo prohibí, pero ella regresó pasada las 6 de la tarde. Yo estaba nervioso, presentía algo malo, estaba inquieto, yendo de un lado a otro de la casa, y me asomaba a esta misma ventana y alumbraba con la linterna el puente, pero no veía nada y cuando estaba por el medio de la sala, escuche a mi hija gritar, podía reconocer su voz a leguas, y ella pedía auxilio, salí como un loco de la casa y me encaminé al puente alumbrando con la linterna, y ahí estaba él, era un ente enorme, como una sombra solo pude distinguir sus ojos rojos como el fuego, y estaba sacándole un zapato a mi hija la que se debatía sobre las tablas del puente por liberarse, pero nada podía hacer, la sombra se aproximo a su pie y le sustrajo el alma. Disparé una , dos veces con la carabina, pero no le di a nada. Para cuando llegué a su lado ella yacía con los ojos desorbitados y con una expresión de terror en el rostro, que jamás podré olvidar. En este punto de la historia Rigoberto se dejó caer al suelo y empezó a llorar amargamente si poder contener un llanto apagado pero lleno de sufrimiento, y decía, debí ir yo... debí ir yo, no mi pobre hija.
Antonio lo consolaba como a un niño, pasándole la mano por la cabeza canosa y abriendo la cantimplora para ofrecerle un sorbo de agua.

Tras varios minutos de llanto y consuelo, por fin Rigoberto se calmó, se incorporó nuevamente y continuo con la historia.
Después de mi relato a la gente de este y el otro pueblo, decidimos poner luz a todo lo largo del puente hasta que se termine el otro que ya estaban haciendo, se montó vigilancia las 24 horas del día, y las muertes cesaron, cuando se concluyo la otra vía de acceso, este puente fue cerrado, pero pasó por última vez un pequeño camión que traía verduras, el cual se dirigía a Lima, no supimos nunca más del Tacqui pero ahora sé que está en Lima, es un ente inteligente, sabe que acá ya lo conocemos y sabemos como prevenirnos, por eso buscó un lugar nuevo en el que las victimas abunden, en el que nadie se prevenga de él, un lugar como la capital.
¿Y como sabes que es el mismo ente el que está en Lima? interrogó Antonio-
Porque el camión que pasó por última vez con destino a Lima nunca regreso y semanas más tarde nos enteramos que sus dos tripulantes habían muerto allá, en un accidente, y para coincidencia, a ambos les faltaban los zapatos.

Antonio estaba con los pelos en punta, con una expresión de asombro, pero aún así cumplía su labor como reportero grafico, sacó la cámara y se puso a tomar fotos desde la ventana al puente, y mientras lo hacia preguntó:
¿Qué quiere decir Tacqui?
Cantar, -respondió Rigoberto-
¿Cantar?, ¿y que tiene que ver el canto con ese ente?
-Rigoberto responde- después de analizar con toda la comunidad, ¿que era lo que atraía a este ente?, llegamos a la conclusión de que una determinada melodía musical le llamaba la atención. Las personas que transitan de noche para evitar asustarse, silban, y silban una y otra canción, así hasta que llegan a su destino, y parece que eso atrae a este ente. Lo que no sabemos, es que notas son las que lo atraen, por eso le pusimos Tacqui.

Interesante dijo Antonio- mientras guardaba en su mochila nuevamente la cámara fotográfica. Rigoberto se hecho la bendición y dio la espalda al puente caminando hacia la salida acompañado de Antonio.


LAS NOTAS MUSICALES

Antonio agradeció por los favores recibidos a Rigoberto, y lo invitó una vez llegara a Lima para pasar a visitar su departamento, y nuevamente se embarco en un bus de retorno a Lima.

La primera en saber sobre la expedición de Antonio a Apurimac fue Angélica, quien escuchó muy atentamente la historia mientras sorbía pausadamente de una taza de café aprisionada entre sus manos, cayó todo el tiempo sin interrumpir y al final de la historia preguntó:
¿Cuáles serán las notas musicales que atraen al Tacqui?,
No lo saben ellos y menos yo, -respondió Antonio-
Deberíamos averiguarlo, ¿no crees? acotó Angélica-
No creo que exista la forma, -dijo Antonio- Tendríamos que ser una de sus victimas para saberlo
¡Calla! -Dijo Angélica- mientras golpeaba de manera supersticiosa la mesa con los nudillos de la mano.
Solo bromeaba amor, no tienes porque ponerte así
Disculpa Antonio, es que la verdad me he quedado estupefacta con esta historia, ahora si que voy a sentir miedo de subir a un carro.
Amor solo es una leyenda de pueblo, no tienes porque creerte todo esto. Ya sabes como son los pueblerinos.
Sea como sea, no te bromees nunca más de esa manera.
Y Antonio la abrazo y mitigo sus temores con un apasionado beso de consuelo.

En la noche de ese mismo día Antonio se despojaba de sus prendas para echarse a la cama y su teléfono timbró.
Aló, ¿quién es?
Señor, a ocurrido un accidente en la Vía Expresa, a la altura de la Javier Prado.
Voy para allá respondió Antonio- mientras dejaba el auricular en su sitio.

Ya en el accidente Antonio fotografiaba los cadáveres de dos jóvenes, los cuales habían chocado aparatosamente contra la parte trasera de un camión de basura, la policía ya había acordonado el lugar y los bomberos estaban llegando, la doble vía de carriles de esta autopista hacia trabajar con mucha precaución a los involucrados en el rescate de los cuerpos. Mientras Antonio esperaba que saquen los cuerpos de las victimas para verificar si tenían los zapatos puestos o no.
Al cabo de 45 minutos, por fin pudo averiguarlo, efectivamente, a ambos les faltaban los zapatos. A uno de ambos pies y al otro solo el izquierdo. Antonio fotografió los pies de ambos y luego dentro del carro, en eso lo abordó la solución al problema de que tipo de música era la que podía atraer al Tacqui, la solución estaba al frente, la casetera. Muy disimuladamente como que tomaba fotos dentro del vehículo sacó la cinta y se la metió al bolsillo, luego guardó su cámara y se retiró.

Eran las 2 de la madrugada cuando Antonio tocaba desesperadamente el timbre de la casa de Angélica. Meche salió en bata a atenderlo y lo hizo pasar, mientras esperaba, bajó Luis, el hermano de Angélica y le increpo:
Espero que tengas un buen motivo para despertarme a esta hora
Discúlpame Luis, pero es que no podía esperar hasta mañana para saber que hay en esta cinta, y se la mostró
Luis puso cara de asombro, y dijo: ¿tu estas loco hermano?, ¿solo me despertaste para hacerme escuchar una cinta de música?
Es que no es cualquier cinta Luis. En eso bajó Angélica, también en bata y frotando con el dorso de la mano sus ojitos caramelo dijo:
¿Qué pasa Antonio?
Luis responde. Este loco nos levanta a las 2 de la mañana para que escuchemos una cinta de música, abrase visto semejante locura.
Deja que te explique Luis, -decía Antonio- esta es una cinta que sustraje de un accidente reciente, del cual vengo ahora, y necesito saber que canción se estaba tocando para cuando los dos jóvenes fallecieron.
Ahora entiendo, -dijo Angélica- y dirigiéndose a Luis intentó explicarle. ¿Luis, no recuerdas lo del Tacqui?
Si, ya me lo contaste dijo Luis-
Pues bien ahora averiguaremos que música es la que lo atrae
¡Si! -Interrumpió emocionado Antonio-
Bueno en ese caso, ¿qué esperamos? dijo Luis-
Y poniendo la cinta en el equipo de sonido de la casa se sentaron alrededor los tres a escucharla
Habían retrocedido la cinta un poco antes ponerla. Los tres estaban con sus oídos en posición al parlante para ubicar hasta la más mínima alteración en la cinta.

Ya, presiona play Luis, no la hagas tan larga
Esta bien, esta bien

La canción era de un grupo de rock pesado solo gritos y estruendoso sonido de bajos, baterías y guitarras eléctricas, no había nada fuera de lo común, (por la mente de Antonio lo primero que cruzo, fue: esta música pesada levantaría hasta los muertos, ¿cómo quieren que no se les aparezca el Tacqui?). En eso termina la canción y se queda todo en silencio, ellos se miran y agudizan el oído, y CRACK... un sonido seco, todos saltan de golpe emitiendo un unísono grito de susto. Se tranquilizan y Luis se acerca al equipo.
Tarados... se acabó la cinta
Que susto, -dice Angélica- quien yacía aferrada al brazo de Antonio
No escuché nada raro, dice este
A lo mejor no estaban escuchando música dice Luis-
A ver dale la vuelta dice Angélica-
Tienes razón acota Antonio- a lo mejor es el otro lado.
Y la ponen por el otro lado. Se escucha primero silencio y luego las dos voces de los jóvenes del accidente.
Oye, ¿le diste la vuelta a la cinta?
Si. responde el otro-
¿Y porqué no suena?
Espera ya sonará, estas cosas son lentas.
Ok.
Al parecer habían puesto grabar en vez de hacer funcionar la cinta.

En eso uno de ellos empieza a silbar una melodía conocida, el otro lo acompaña con unos golpes al parecer en la parte baja del parabrisas.
El otro cambia de melodía,
Y su compañero le dice:
Esa es muy buena, sigue.
Nuevamente cambian de melodía
Hasta que uno de ellos trata de recordar una canción, y la empieza a silbar, pero no le da la debida entonación. En eso un grito desgarrador y unos insultos
Maldición... ¿que es esoooooooo.........
Y el grito de ambos se apaga tras un golpe y el sonido de los vidrios rotos y hierro retorciéndose.
Y nuevamente el silencio en la cinta.

Angélica tenia una expresión de terror, ambas manos en la boca como aprisionando un grito ahogado.
Antonio miraba fijamente el equipo de sonido, tratando de descifrar lo escuchado
Luis se paraba fríamente a retroceder la cinta una vez más.

La escucharon un par de veces más, antes de hacerla parar en las notas que por deducción creyeron eran las indicadas para llamar al Tacqui, estas eran esas que uno de los jóvenes embozó para hilar una melodía que no recordaba.


LA NOTICIA

Tras haber obtenido la supuesta solución a lo del sonido que atraía al Tacqui, Antonio entró en una obsesión macabra e imparable por obtener una foto de este ente, Angélica y Luis ahora también formaban parte de la historia y por más que la comentaban a compañeros y familiares, todo quedaba en simples hipótesis, más nada podía comprobar su real existencia, solo quedaba la duda de los zapatos en las mentes de todos los que habían escuchado dicha historia. Pronto el Tacqui se haría casi una leyenda, y para todo ser ruin existe un cazador, ese cazador era el implacable Antonio, de quien se contaba serie de maravillas y frivolidades.

Antonio seguía con su trabajo de reportero grafico, estaba al tanto de cualquier accidente, más que nada automovilístico y cada vez que se encontraba con los policías y los bomberos, alguien lo reconocía como el que buscaba las pruebas del Tacqui, obviamente se burlaban de el, pero cuando veían los zapatos de las victimas fuera de su lugar, se quedaban mirándolo esperando él les dé la respuesta, pero Antonio se encogía de hombros los miraba como diciendo: Ahí está la prueba señores .

Luis consiguió trabajo en un periódico serio, y pidió permiso a Antonio para publicar la historia del Tacqui, y este no se opuso. La leyenda del Tacqui empezó a crecer pero aún así los accidentes seguían, Angélica estaba al tanto de los avances que Antonio lograba. Una mañana ambos se sentaron en el comedor e hicieron un mapa de seguimiento, para saber cuales eran los lugares en los que se habían tomado las fotos de los últimos 30 accidentes en los cuales las victimas no tenían zapatos, notaron que el Tacqui atacaba entre la Av. Javier prado, Arequipa y la Vía Expresa, ese era el recorrido del Tacqui, y generalmente las victimas eran personas entre 18 y 45 años de edad, la mayoría en estado de ebriedad. Desde ese momento Antonio haría un seguimiento rutinario en su carro modelo escarabajo por toda la ruta en la que actuaba el Tacqui, empezaba a las 7 de la noche y se iba recién a descansar a las 2 de la madrugada, a veces en el trayecto llegaba ya cuando el accidente estaba consumado y otras le avisaban al celular, pero hasta el momento no podía anticipar al Tacqui.
Una noche que estaba en la Vía Expresa tras un auto Sedan verde, iba pesando en la música que atraía al Tacqui, y empezó a silbar unas cuantas canciones, y cuando se quedo sin repertorio empezó una tonada que desconocía, tras empezarla se detuvo de silbar, pues el miedo lo invadió. El Sedan verde que iba delante suyo de un momento a otro acelero al máximo, y luego hizo un movimiento brusco hacia la izquierda, haciendo frenar en seco a los carros que iban por ese carril, Antonio quedo acorralado entre dos carros y pudo ver a lo lejos como el Sedan verde subía sobre el sardinel de separación de la Vía Expresa y se incrustaba de nariz contra un árbol, se pudo escuchar los vidrios y hierros retorciéndose, y los lamentos de dolor de los tripulantes. Al no poder avanzar, Antonio se bajó rápidamente de su auto y corrió hacia el lugar en el que yacía el auto Sedan chocado, en el camino desenvainaba la cámara fotográfica presto a tomarle una foto al famoso Tacqui, pero para cuando llegó los jóvenes estaban ya sin vida, abrió una de las puertas como pudo y observó los pies de ambos, y efectivamente a ambos le faltaban los zapatos, Antonio renegó de su suerte, esta era la posibilidad más cercana que había tenido.

La obsesión de Antonio por fotografiar al Tacqui lo estaba volviendo un ser insoportable, ya casi ni visitaba a Angélica, pues esta ya le había perdido el interés al suceso, era pues conciente que nada podía evitar las muertes en las carreteras, el ente se movía muy rápido como para enfocarlo con una cámara y poder acertarle una toma. Antonio se sintió desilusionado ante tal proceder y decidió continuar solo con su obsesión. Poco a poco Antonio se estaba volviendo esclavo de un deseo inalcanzable, de una ilusión por obtener dicha foto, ya casi ni dormía, parecía mas un muerto viviente que un ser cuerdo, comenzó a descuidar su trabajo y su vida personal, su obsesión se volvió tal, que una noche como de costumbre salió en su auto y antes que nada pasó por casa de Angélica, toco la puerta, le abrió Meche como de costumbre, a esta le pidió un baso de agua antes de que llamara a Angélica y a Luis, cuando estos bajaron, se quedaron perplejos ante la imagen demacrada que llevaba Antonio, y vieron en sus ojos y actitudes algo de confusión y casi locura, solo hablaba del Tacqui y de la firme proposición de que por fin le tomaría una foto, ya había descubierto como hacerlo, y que después de ello, todo el mundo se sentiría orgulloso de su empeño y ahínco por lo logrado, Angélica lo abrazó y lloro entre sus brazos, mientras Luis le aconsejaba que no cometiera ninguna locura, pero Antonio ya tenia la firme decisión de lograr su cometido.

Esa misma noche después de una despedida efusiva y llena de llantos por parte de Angélica, Antonio subió a su auto y con la cámara en el asiento del copiloto, se enrumbó a la Vía Expresa, mientras avanzaba por esta, empezó a silbar unas cuantas melodías, repetía la última canción que recordó, lo hizo unas cuatro veces, hasta que por fin como si su subconsciente le indicara que ya era el momento, sacó de la guantera de su auto, la cinta, aquella que encontró en el accidente de los jóvenes, esa que tenia la tonada que supuestamente llamaba al Tacqui, la colocó con delicadeza y presionó PLAY luego la escuchó mientras aceleraba un tanto mas el vehículo, debajo del asiento sustrajo una lata de cerveza y la empezó a beber, la cinta se detuvo, Antonio respiró profundamente, la sacó y le dio la vuelta, la introdujo y presionó nuevamente PLAY, aceleró nuevamente mientras se escuchaban las voces de los jóvenes accidentados, estos empezaban a silbar, una canción, otra, el acompañamiento, otra más.....

Mientras tanto, muy lejos de el, una sombra macabra, jugaba de auto en auto, esperando su oportunidad, una fiera al asecho, un demonio milenario, de ojos color fuego, imperceptible a la vista humana, saltaba de auto en auto, como si fuera su deporte favorito, avanzaba tan sutil como un felino y tan mordaz como una víbora, en eso levanta su demoníaco rostro y agudiza el oído, ahí estaba la señal, ¡Si! ese era el sonido, una secuencia repetitiva de notas musicales, un DO.. RE.. DO.. RE.. DO.. RE.., avanza ahora a prisa e identifica la procedencia, ¡SI! Ese es, el auto en forma de escarabajo, el que maneja trae una bebida en la mano, está a un paso de él, está a su lado, montado en el auto al lado del escarabajo, y el sonido musical lo aloca, la presa lo llama, ahora es el momento. Con agilidad felina salta sobre el techo del auto de Antonio y pega placenteramente el oído sobre el techo, por un momento desaparecen esas dos manchas color fuego, como si el demonio cerrara los ojos disfrutando de la canción o de los acelerados latidos del corazón de Antonio. Mientras este, bebe su ultimo sorbo y baja la cerveza, el auto estaba a 80 Km. por hora cualquier movimiento brusco seria mortal, y entonces lo ve, una gran mancha sobre el vidrio frontal y los dos ojos color fuego agudizan la mirada, los nervios lo traicionan y en vez de frenar acelera y gira instintivamente el timón hacia la derecha como queriendo sacarse de encima al demonio, siente a su vez un roce contra otro vehículo, y luego una prolongación en el tiempo, como si el auto se elevara sin caída final, hasta que por fin impacta contra el pavimento, dos vueltas de campana, y una rasmillada si fin, un golpe seco contra un poste de alumbrado público. Antonio queda atontado se trata de reponer y siente un liquido caliente resbalándole por la frente, se la toca y la lleva a la cara para ver que es, dentro suyo el pánico lo aterra, es sangre, y cuando baja la mano del rostro, se encuentra cara a cara con el Tacqui, un aspecto escalofriante, una cesación de temor, pero valerosamente gira hacia la derecha en busca de la cámara, la encuentra mientras siente como le sustraen un zapato, enfoca y dispara.....

Al día siguiente la noticia conmueve al mudo periodístico, Antonio Díaz pierde la vida en un accidente de auto, pero cumple con la misión que se había propuesto. En primera plana la foto del Tacqui sacándole los zapatos..

JANUS

PRINCIPIO DEL CUENTO

Un amanecer; Tamaño real= 300 píxels de ancho