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PRINCIPIO DEL CUENTO

Este es el contenido de la semana pasada

Cada semana avanzamos con el texto del cuento

TACQUI,
EL DEMONIO MILENARIO

EL INDICIO

El teléfono timbraba, eran las 3 de la madrugada, el cuerpo no respondía, tuvo que timbrar un par de veces más para estirar pasmodicamente la mano y dejarla caer torpemente sobre el auricular.
Aló, ¿quién habla?, Del otro lado una voz aguardiendoza respondía:
Señor, disculpe la molestia, nuevamente a ocurrido un accidente, es en la Av. Arequipa a la altura de la cuadra 3, cerca al estadio, venga antes de que llegue la fiscal de turno.
la respuesta fue inmediata, - esta bien en 20 minutos máximo estoy allá, gracias por la información. De un golpe seco el auricular regreso a su sitio y Antonio como si el sueño sufrido antes jamas hubiese existido, salto como un felino de la cama y ya estaba en el baño, se mojó el rostro y el cabello, paso la mano sobre este tratando de acomodárselo, haciendo la vez de un peine, se metió un poco de pasta dental en la boca un sorbo de agua seguidas de unas cuantas gárgaras y la escupió, corrió a su diminuto ropero, sacó una chaqueta, una camisa, un pantalón que no se podía identificar el color por lo viejo que este estaba y unas zapatillas igual de viejas, al vuelo ya casi en la salida, cogió su bolso y una cámara fotográfica profesional. Corrió a la cochera y sacó su carro modelo escarabajo, pronto estaba ya en camino al lugar de los hechos.

Se acercó a Jacinto a darle las gracias por haberle informado del accidente, este solo sonrío y le dijo: - no faltes a la pachamanca que estoy organizando eh
no te preocupes de hecho estaré allí, como lo prometí, veremos que tal cocinas pues, todo esto acompañado de algunas sonrisas y manotazos amistosos en las espaldas mutuamente.

El accidente había dejado dos muertos, una persona de sexo masculino de aproximadamente 40 años y una chica de 20 ó 25, la mujer estaba sentada en el haciendo del copiloto con la cabeza inclinada hacia delante, al parecer el impacto contra el vidrio de adelante la había matado, mientras que el individuo, estaba con medio cuerpo fuera del auto y la otra mitad dentro, como si en sus últimos minutos de vida hubiese querido salir de este pero la muerte no lo dejaría llegar mas lejos.
Las ambulancias habían llegado, los bomberos también, y la policía acordonaba el lugar para evitar que la gente se amontone como iba llegando la mañana mientras llegaba el fiscal de turno para el levantamiento de los cadáveres.

Antonio tomaba las fotos de diferentes ángulos. El ver tantos cadáveres lo había vuelto quizás inmune al dolor, había sido participe de diferentes escenas realmente macabras. Alguna vez había estado en un accidente entre dos ómnibus, en el cual había infinidad de muertos y gente agonizando. Al parecer esta fue una de las escenas más fuertes en la carrera de reportero gráfico de Antonio, después de eso ya nada lo inmutaba. Era este un trabajo realmente agotador, pues casi toda la madrugada se la pasaba corriendo de un accidente a otro y practicamente dormía casi nada.

El auto rojo en el que iban las víctimas estaba empotrado contra el poste de alumbrado eléctrico, la punta del auto estaba partido literalmente por la mitad, al parecer el impacto fue a causa de una excesiva velocidad.

Antonio había terminado de tomar la cantidad necesaria de fotos y solo esperaba la llegada del fiscal de turno para el levantamiento de los cuerpos y así tomar las ultimas fotos. Mientras esperaba, se aproximó a un vendedor de emolientes, que acostumbraba llegar a esas horas a aquella esquina a vender, este personaje, un anciano de marcadas arrugas en el rostro, expresión cansina, parecía no darle importancia al accidente a pesar de haber pasado muy cerca de el, ni siquiera lo miró como las demás personas ahí presentes, siguió su camino y se posó en aquella esquina que quizás habría sido parte de sus últimos 30 años o quizás más, pues Antonio recordaba haberlo visto cuando aun era un niño, y su padre decía ya haberlo visto ahí antes que el naciera.
Antonio se acomodó en una de las sillas dispuestas para el público al lado del carromato de emolientes, y saludó como era su costumbre.
-¿Que tal señor?, muy buenos días- y el viejo sin inmutarse ni cambiar de semblante dijo casi como si se estuviera ahogando en su propia saliva.
De buenas no tienen mucho, ¿verdad?.
Tiene usted razón -dijo Antonio-, y continúo, deme un baso de emoliente por favor, pero bien caliente si... para matar este frío que me cala los huesos.
Mas que a ellos no creo, -continuo sarcásticamente el anciano-
Ellos ya no sientes -dijo Antonio- están demasiado muertos y super fríos, jejeje, aproximó una sonrisa a medias en el rostro de Antonio.
El anciano continúo, y esta vez haciendo una pregunta sin respuesta.
¿Tenían los zapatos puestos?
¿Cómo? -Dijo Antonio- y nuevamente el anciano.
¿Qué si a alguno de ellos se le cayó los zapatos?, Preguntó,
¿Qué clase de pregunta es esa?, -Respondió entre risas Antonio- a quien le importaría los zapatos, si el punto de atracción es el mismísimo accidente. El viejo lo mira por primera vez a los ojos después de tanto rato de llevar hablando, y le dijo:
Algún día entenderás el porque de la pregunta, y cortantemente, prosiguió
¿Qué quieres que le eche a tu emoliente?
Antonio sintió como un escalofrío en la columna vertebral, tras esas ultimas palabras del anciano, y respondió, previa venia por la incomodidad que pudieron haberle causado sus risas, ya que en el rostro del anciano se notaba la diferencia de semblante.
Bueno esta bien, sírvame un emoliente con esencia de alfalfa, un poco de amargon y bastante linaza.
Una vez servido el brebaje, se lo tomó a sorbos largos sin mirar al anciano que como de costumbre estaba embebido en sus quehaceres diarios.

A las 7:35 a.m. llegó la fiscal de turno, una mujer que aparentaba unos 40 o más años de edad, de rasgos quizás mas peruanos que el mismo olluco, una mujer que realizaba todo con un orden asombroso, no preguntó absolutamente nada, escuchó atentamente la explicación de alguno de los policías ahí presentes, llenó unos formularios y ordenó el levantamiento de ambos cuerpos.
Antonio tomaba nuevamente las fotos de diferentes ángulos, tenia la cámara amarrada al cuello y giraba constantemente el lente de esta para buscar un enfoque perfecto, y así giraba a un lado y otro del vehículo, esta vez por el lado del hombre muerto que estaban ya sacando del auto y su cámara no dejaba de producir esa molesta luz de flash que muchas veces hacia reaccionar de mala manera a los encargados de levantar los cuerpos, y tenían que decirle no siempre de buenas formas que se retirara. Antonio se hacia a un lado, esperaba unos cuantos segundos y nuevamente se ponía a tomar fotos, esta vez una de cuerpo entero, con los rescatistas a los lados del cadáver, toda una obra de arte.
Terminado el horrendo espectáculo, Antonio fue directamente a revelar las fotos a la casa de un amigo, el cual permitía que utilice su laboratorio, pero con la condición de que el mismo compre sus ácidos para revelado, método anquilosado en el que intervenían tinajas con ácido, luces rojas, un pequeño cuarto, etc. Aún no podían solventarse un equipo más sofisticado para abreviar su trabajo, pero en realidad parecía este método el que los hacia sentir como verdaderos fotógrafos.

Antonio se encontraba sumergiendo las fotos de ácido en ácido, para obtener un resultado perfecto en el revelado, de ahí las colgaba para que estas secaran, y mientras sucedía, salió a tomar una taza de café en la cocina, su amigo aún estaba en media noche, la empleada lo atendió.
Antonio yacía sentado frente a la mesa con los brazos cruzados mirando el fondo de la taza, cuando una voz melodiosa susurro a sus oídos, -buen día caballero- Antonio volteó como si lo hubiesen hincado con una aguja, y con esa sonrisa que delataba su nerviosismo, intentó hilar una respuesta o alguna conversación, sin ningún éxito, Angélica solo lo observaba, mientras asomaba a su rostro una pequeña sonrisa de niña malcriada que sabe que tiene el poder.
Angélica era la hermana menor de Luis, quien era dueño de la casa y del laboratorio. Era ella una muchacha muy tierna, bordeaba los 20 años de edad y estaba en plena búsqueda de aventuras.
Para los ojos de Antonio era Angélica los más bello que había conocido, lo mas próximo a ese extraño sentimiento que carcomía sus entrañas y lo hacia tartamudear cada vez que la veía o que aveces en los pocos minutos de soledad y sosiego llenaba los vacíos de su imaginación.
Ambos sabían que se gustaban pero ninguno se atrevía a dar el primer paso, simplemente vivían en ese cortejo constante que le daba algo de mágico a esa relación de amigos y casi novios.

Dime Antonio, ¿qué escenas has fotografiado hoy?, ¿acaso algún evento presidencial o algo por el estilo?
No exactamente Angélica, la verdad yo quisiera ganar plata de esa manera, pero tu sabes que por lo que más pagan es por las fotos de accidentes, aún no soy tan bueno como para que me tomen en cuenta en algún periódico serio, solo puedo contentarme con esos periódicos sensacionalistas y ofrecerles pues lo que hoy he fotografiado, accidentes, pero no me gustaría que las vieras, ya que no son nada agradables.
Lo sé respondió ella- ya pasé por el laboratorio y las he visto, pero como sabrás, mi hermano hace lo mismo que tú, por lo tanto ya estoy acostumbrada a ese tipo de fotos, no me asustan.
Es cierto dijo Antonio- si las viste, no hay mucho que contar, ya que ellas cuentan la historia por si solas.
Si. Así se ve respondió Angélica- pero dime, ¿a que hora fue el accidente, tienes idea?
Como a las dos y treinta de la madrugada de hoy, al parecer el motivo fue excesiva velocidad y algunos tragos encima, tu entiendes.
Sí, entiendo, -acotó Angélica- y luego continuó su interrogatorio, en las fotos parece la chica mucho menor que el hombre que manejaba.
Así es, -respondió Antonio- parecía su hija, jajaja... ya sabes como es eso, estas personas van a un lugar y recogen una nenita y la llevan ya te imaginas donde... Como se han malogrado las chicas de hoy en día ¿verdad?.
Ya... no te hagas el puritano, que tu también debes haber frecuentado esos lugares increpó ella- ¿Qué me crees? dijo él- eso nunca , ¿tú me crees capaz de algo así?
La verdad no conozco mucho de tu vida, pero imagino que alguna vez hiciste algo así, ya sea por simple curiosidad o por presión de amigos.
Te soy sincero respondió Antonio- nunca he ido a buscar satisfacción a un lugar como los que imaginas, no lo he necesitado, además sabes que no pagaría a una mujer por un momento de placer, prefiero hacerlo con una mujer que ame realmente.

Estas ultimas palabras causaron un efecto extraño en Angélica, ella agacho la cabeza como sintiéndose avergonzada por la acusación tan sutil que había empezado, para luego mordazmente soltarle como una bofetada al rostro, una especie de celos por el pasado de Antonio, y al mismo tiempo una sonrisa de satisfacción por lo escuchado.
Angélica levantó la cabeza y muy dulcemente se aproximo a la mejilla de Antonio y le acertó un delicado y labil beso, como si en este llevara unas disculpas por la acusación formulada, Antonio que hasta ese momento seguía defendiéndose, se quedo callado de golpe y asomó a su rostro una sonrisilla tímida.
Y así las posibles discordias de ambos terminaban en disculpas, miradas tiernas, algunos cumplidos y todo lo que conlleva una relación de amigos enamorados, haciendo que la otra persona se sienta bien a toda costa sin importar los medios.

Mientras terminaban el desayuno, Angélica tocó un punto que dejo con la boca entre abierta a Antonio, ella dijo: ¿viste como le faltaba un zapato a una de las víctimas?
¿como? - interrogó él y ella reafirmo nuevamente.
Que si te diste cuenta que les faltaba un zapato, ¿no te has percatado de eso?, a la mayoría de víctimas que sufren accidentes automovilísticos, se les salen los zapatos. En este caso también, ¿te diste cuenta?
Antonio quedó algo pensativo por unos instantes, y luego se paró de golpe de su silla y a paso acelerado corrió hacia el laboratorio donde se hallaban las fotos, las descolgó de los cables en las que se hallaban secando y las observó con detenimiento, luego corrió a un archivo y sacó algunas otras de casos de accidentes de auto y se percató tras su asombro de lo mismo, instintivamente movió el pie con rapidez y frenándolo en seco, esperando quizás de esta manera que se le zafara el zapato, pero no obtuvo resultados. Angélica que acababa de ingresar, lo observaba , no decía nada, solo lo veía correr de un lado a otro del cuarto.
Antonio puso sobre la mesa varias fotos y las observaba atentamente buscando algún tipo de similitud o relación entre ellas, pero no la hallaba, solo las diferentes posturas de los fallecidos, y efectivamente los zapatos fuera.
¿Te diste cuenta? -Interrogó nuevamente Angélica-
Si respondió Antonio, es asombroso todo esto, quizás se deba a lo intempestivo del movimiento. Pero ven, observa esta, date cuenta, es una bota lo que ha salido volando, ¿como haces que una bota se salga del pie?, es muy difícil, esto es raro, tengo que averiguar a que se debe, voy a hacer algunas pruebas al respecto. Y en ese momento se le vino a la mente algo que había escuchado muy temprano, las palabras de un veterano, de aquel viejo emolientero. El le hizo la misma pregunta que Angélica, ¿tenían los zapatos puestos? En ese momento pareció una pregunta sin sentido, pero ahora entiendo el porqué, ese hombre sabe algo, algo que debo saber también.

Antonio dejó todo sobre la mesa y salió como alma que lleva el viento, sin decir nada, levantó sus cosas y abrió la puerta de la calle, y ya cuando estaba por salir, se dio vuelta, regresó rápidamente al lado de Angélica y tiernamente la besó en los labios, luego se dio media vuelta y se fue.

Angélica se quedó estupefacta, pues él nunca la había besado en los labios, pero dedujo que debía ser por la emoción de haber descubierto lo de los zapatos, o quizás en recompensa por haber sido ella quien lo indujo a esa nueva experiencia, esa que daría un nuevo sentido a su vida, esa que lo haría meditar demasiado sobre la fe y lo creíble y no creíble.


LAS PRUEBAS

La morgue, ¡Si! eso es, voy a la morgue, - se decía interiormente Antonio-. Llegaba, se presentaba, lo Llevaban hasta los cadáveres y le mostraban los que habían muerto por accidente en auto, el se iba de frente a los pies, oscultándoles los talones, tobillos, haber si encontraba fractura alguna, reviso como 7 cadáveres y no halló nada, todo estaba en perfecto orden, ¿entonces, como se les salían los zapatos?.

Antonio caminaba abstraído en una posible respuesta a su descubrimiento, o más bien el descubrimiento de Angélica ¿o seria de ese hombrecito enjuto?, ya lo averiguaremos.

Antonio fue a ver a unos amigos que se especializaban en física y con ellos analizaron lo brusco del movimiento y los posibles factores que podían hacer desprenderse un zapato de un pie. Hicieron varias pruebas con ellos mismos, luego consiguieron un muñeco de goma y le hicieron de todo, pero el muñeco no dejó caer ni uno de los zapatos, estaban asombrados ante tal situación, y Antonio seguía sin obtener respuesta a su interrogante, su última alternativa era buscar al anciano que le había mencionado lo de los zapatos esa mañana, ¡Si! Esa era la solución.

¿Dónde está? Oiga, -le pregunta a una señora que vende cigarrillos - dígame, ¿el señor que vende emolientes? Y la mujer responde,
Señor son las seis de la tarde, ese señor solo viene por las mañanas.
¡OH! disculpe, tiene usted razón, se gira disimulando su error y se encamina a paso lento por la Av. Principal, va cabeza gacha, meditando, indagando en su mente, y tampoco él encuentra un asidero lógico a tal rompecabezas de posibilidades. Por fin llega a su apartamento y se mete a la cama, tan rendido que no tiene tiempo ni de revisar la contestadora automática, y concilia sueño enredándose entre las fotos, los cadáveres de la morgue, el muñeco de jebe doblado de mil maneras, y por último, el anciano de cara oscura, pómulos salientes y pronunciada joroba.

El teléfono suena, Antonio se despierta sobresaltado, lo descuelga y lo lleva a su oído:
¡Aló!, sí diga, -del otro lado le responden-
Señor tenemos un accidente en la Avenida Ejercito, cuadra 32.
Gracias hombre, voy para allá. Mira el reloj, eran las 4.50 de la madrugada. Coge los adminículos de costumbre y enrumba. Llega al lugar, desenfunda la cámara y empieza con su habitual y macabro trabajo, una foto de este ángulo, otra de este, y así sucesivamente. El carro llantas arriba, dos muertos, dos jóvenes, consecuencia, el licor no es amigo del volante, sonríe para sus adentros, uno de ellos está agonizando, los bomberos hacen lo que pueden por sacarlo, no es posible, Antonio sigue y sigue fotografiando, ¡un momento! ¿qué es eso? Un zapato, de ¿quién es? Saca la cámara de su rostro y se cuela entre los hierros retorcidos, en eso la voz del que estaba agonizando le dice:
Lo he visto.
¿Qué? -Dice Antonio- mirando a los ojos del moribundo, y este repite.
Lo he visto, y fallece.
Una mano lo saca del trance y lo avienta de espaldas.
¡Oiga! Salga de acá, limítese a lo que sabe hacer y no interrumpa nuestra labor, Antonio se levanta y espera pacientemente a que saquen los cadáveres, quería saber de quien era el zapato que fotografió, por fin los sacaron, el zapato era del que yacía muerto cuando él llego, el otro tenia ambos zapatos puestos.
¡Lo he visto! Valla frase, rondaba y rondaba incesantemente en la cabeza de Antonio, ¿y la respuesta? Diablos, ¿que ha visto? ¿A que se refería?, Dios esto me está volviendo loco, estoy obsesionado con algo que ni he visto, es simplemente una mera coincidencia ¡SI! Eso es, solo es una coincidencia, ya basta de tantas payasadas es hora de que me deje de estupideces y me valla a revelar esta porca.

Nuevamente en la casa de Angélica, estaba sumergido en el laboratorio revelando las fotos. Aún yacían al lado las que había recolectado el día anterior buscando evidencias de las victimas sin zapatos, las mira de soslayo y continua con lo suyo, luego de revelar las últimas fotos, las cuelga para que sequen y mientras espera, coge el montón de fotos y las empieza a revisar una por una, dándoles vuelta de adelante hacia atrás y viceversa, tras minutos de abstracción total, encuentra en una de ellas algo inusual, una especie de mancha negra casi al final de la esquina inferior al lado un muerto y un zapato muy cerca a la sombra, intenta explicar mentalmente que puede ser esta, lo atribuye como primera opción al flash de la cámara y al contraste de luz de los faroles, pero la foto fue tomada de día, entonces puede ser el reflejo del sol, pero en todo caso seria una mancha casi roja, como suele pasar, o en su defecto blanquecina, pero no negra, entonces, ¿que es esto?, le frota el dedo suavemente y luego se reclina en el sillón y se rasca la cabeza en signo de duda, en eso empujan suavemente la puerta, gira sobresaltado, y escucha.
Hola Antonio, un respiro de alivio.
¡AH! Gracias a dios eres tú, me asustaste -dice él-
Lo siento, no fue mi intención -responde ella-
No hay problema, ven pasa, mira esto, y le muestra la sombra con el dedo, ¿qué crees que sea?
Pues una sombra responde ella-
Si lo sé, -dice él- pero como salió acá, esto no sucede en las fotos, parece que he tomado algo raro.
Quizás sea la sombra de una persona que estaba parada en ese instante cerca al accidente, -acota ella-
Antonio se echa nuevamente hacia atrás en el sillón y medita tratando de recordar la escena del accidente en la que tomó esa foto, efectivamente habían muchas personas paradas muy cerca ese día, puede ser esa la respuesta, nuevamente un suspiro de alivio, pero no estaba convencido totalmente.

Angélica le dice, vamos a tomar desayuno, Luis ya se despertó y baja en cualquier momento, vamos al comedor.
Está bien accede él.- y deja la foto a un lado.
Ya en el comedor esperan que baje Luis, este lo abraza fraternalmente y luego los acompaña en el desayuno, tras minutos de insulsas conversaciones sin sentido, Antonio toca el tema de los zapatos, Luis queda intrigado pero atribuye como se esperaba a los factores físicos o alguna otra explicación asidera, pero no a nada paranormal. Esto satisfacía a medias las expectativas de Antonio, pero deja ahí el tema, y cambian nuevamente a otros dilemas de índole político y planes futuros de empresa.

Después del desayuno Antonio sale como de costumbre, pero antes de llegar a la puerta, aborda a Angélica aprovechando que Luis fue al baño, y le dice que si quiere acompañarla en la tarde a pasear un rato, ella se sonroja y accede.
Ya en el auto Antonio iba camino a casa, pero la intriga que corre por sus venas lo llevan casi inconscientemente al paradero del anciano que vende emolientes, sabia que lo podía encontrar, pues aún era temprano. Al llegar se da con la sorpresa de que no está. Baja del auto y se dirige nuevamente donde la señora que vende los cigarrillos.
¿Me da una cajetilla de Hamilton por favor?, la mujer lo atiende, y mientras este recibe su vuelto le pregunta,
¿Dígame, el emolientero no ha venido hoy?
Pues está de viaje señor, creo que regresó a su pueblo, tenia algunas cosas que atender allá,
¿De que pueblo es él?
De Apurimac señor, -responde la mujer-
¿Y sabe usted como se llama?
Si señor, se llama Rigoberto,
¿Usted quizás me podría dar la dirección del señor, allá? Es que tengo algo que entregarle y es de suma importancia.
Pues déjeme ver si tengo apuntada la dirección señor, -dice la mujer-
Tras unos segundos de buscarla en un cuaderno de apuntes, ella la escribe en un papelito y se la entrega.
Esa es señor.
Muchas gracias señora, y como gesto de gratitud, le regala dos monedas.

Antonio llega a casa, se deja caer sobre la cama y cierra suavemente los ojos, en su mente aún está la imagen de la sombra en la foto, las respuestas que obtuvo de Luis no lo satisfacían, estaba realmente convencido de que lo que había tomado era algo paranormal, o al menos eso quería a fuerzas que sea. Tras divagar entre esto y aquello, se quedó profundamente dormido.

Antonio caminaba por un paraje andino, lleno de árboles y pasto en abundancia, al fondo unas ovejas pastaban, y los niños corrían a sus anchas por entre los matorrales, un pueblito asomaba tímidamente con sus casuchas de quincha y barro, techumbre de tejas y ventanitas de madera vieja y mal secada, los veteranos araban los campos de sembrío ayudados por enormes toros, mientras las mujeres separaban los tubérculos buenos de los podridos o pasmados. De una de las casas una muchacha lo llamaba con la mano, Antonio dudaba de si el llamado era para él y se señalaba a si mismo con el dedo, hasta quedar convencido de que era a él a quien la chica se refería, avanzaba muy lentamente hacia ella y cuando estaba muy cerca, la chica daba la vuelta y se metía a la casa, Antonio la seguía, entraba a la casucha casi en ruinas, observaba por dentro el techo lleno de huecos y los objetos en total abandono, la cocina de leña. Las mesas, las sillas en el suelo, las cortitas tiznadas, el piso lleno de polvo y la mujer parada en un rincón entre las sombras y la tenue luz de un sol en agonía, Antonio la miraba fijamente sin saber si acercársele o quedarse ahí parado, y cuando ella salió de la oscuridad con un rostro bellísimo pero lleno de terror y avanzo a paso lento, uno, dos pasos y cuando iba a dar el tercero, la sombra que yacía tras ella parecía tomar forma y con la rapidez de un relámpago la envolvió toda y la jalo hacia la oscuridad nuevamente, dejando grabada en la mente de Antonio los ojos desorbitados de aquella dulce muchacha.

Antonio se despertó empapado en sudor y jadeando, sacudió la cabeza para enfocar con claridad el escenario en el que se encontraba, y con gesto de alivio reconoció su viejo ropero frente a él, esperó unos segundos para recuperarse por completo y giró hacia el reloj en la mesa de noche, eran las 3:45 de la tarde, se desperezo y corrió a lavarse la cara y cambiarse de ropa, se perfumo bien y salió al encuentro de Angélica, en el camino iba pensando en el sueño y en la escalofriante mirada de aquella mujer, ¡Que manera de quedarse grabada en la mente!, una pesadilla demasiado verídica, pero por suerte solo eso, una pesadilla.

-Ven vamos-
-¿A dónde vamos?-
-Vamos a Miraflores-
-está bien, vamos-

Llegaron a un café muy conocido, se sentaron a tomar un capuchino él y una moca ella, divagaron en elogios mutuos, en placeres comunes, en aventuras de escuela, de barrio, de universidad, en fiestas de compañeros con los que se habían encontrado, y por último en ellos dos.
Sabes... -decía Antonio- siempre has sido un empuje, una turbina, un dinamo, siempre has sido un motivo de vida para mi, se que lo que te diga quizás suene cursi, pero es así, desde que te conozco, no hago más que pensar en ti, generalmente las cosas que pasan en mi vida, suceden por algo, pero yo no hallo explicación alguna para la situación que vivo contigo, pues hace mucho que te conozco y que siento algo fuerte por ti, pero nunca me he atrevido a decírtelo. Pero hoy estoy decidido a decir lo que hace tantos años llevo escondido tras mi apariencia de solo amigo, y lo que te digo es sin motivo de respuesta, solo y únicamente para que lo sepas, yo no sé, si tu sentirás lo mismo por mi, pero lo digo simplemente para que lo tengas en cuenta, para que lo sepas.
Sabes Angélica, te amo, te amo desde hace mucho, vivo perdidamente enamorado de ti, ya no puedo seguir ocultándolo más, espero comprendas, esper.... y antes de terminar la frase, Angélica se abalanzó sobre él y ahogo esa fuga de emociones en un cálido, suave, carnoso, apasionado y desvergonzado beso.
Se mantuvieron unidos así por lo menos 13 minutos, sin importarles los demás, sin siquiera sentir al mozo poner la cuenta sobre la mesa, sin siquiera sentir a los dos viejecitos cucufatos que tosían y tosían para que se den cuenta que los estaban perturbando Solo podían oír esa melodía interna, esa de dos corazones palpitando alocadamente, desmesuradamente y luego tan delicado, tan contemplativo. Fundidos los dos en un solo éxtasis, en un solo beso de almas, un beso en el que la carne estorba.

Todo parecía marchar viento en popa, el amor ahora estaba sellado. Esa noche Antonio no podía dormir de tantas vueltas que daba su cabecita loca al derredor del rostro imaginario de Angélica, abrazado a su almohada trataba de robarle los besos que tantos años había desperdiciado con su amor, las sonrisas de felicidad lo hacían parecer un tonto frente al espejo del viejo ropero, pero que importaba, ya nada tenia un sentido lógico, todo era parte de una sola locura, de esa que se llama amor, y así se quedó dormido, poco a poco y con esa ya odiosa sonrisa en su FACE.

Un nuevo día, el despertador suena como a las siete de la mañana, Antonio se despierta con un grito y se sienta de golpe en la cama, diablos -se dice el mismo- es solo un sueño, y el mismo de ayer por la tarde, que raro, ¿que significará?
Se levanta de la cama, se mete a la ducha, sale y busca una camisa para ponerse, en eso cae un papelito de una de ellas, lo levanta y lo lee con detenimiento, finaliza en: Apurimac. Se queda pensando unos minutos, corre a ponerse los pantalones, coge una mochila y sumerge unas cuantas prendas en ella, se cuelga su cámara al cuello y sale corriendo del departamento, le dice a la hora de salir al vigilante, oye Enrique cuídame el auto muy bien, te pagaré regresando,
¿A dónde va señor? pregunta el vigilante-
De viaje hombre, de viaje...

Toca la puerta, abre la empleada,
hola Meche, ¿está Angélica en casa?,
si joven, ya le aviso que usted llegó,
Y desaparece tras la otra puerta de la cocina. Antonio revisa el termo para saber si hay agua caliente, si hay, bien, en eso baja aún en bata Angélica y se le avienta encima ante el asombro de Meche, se besan por unos instantes y después se saludan como gente normal, se sientan a la mesa mientras Meche les prepara el desayuno, y él le da la noticia del viaje, ella se entristece al principio, pero al final termina dándole ánimos, pues también siente curiosidad por saber lo de los zapatos, al fin y al cabo, fue ella quien le metió esa idea, (ahora aténgase a las consecuencias).
Bien amor, entonces me voy de una vez, me despides de tu hermano, si...
Está bien cariño, -responde afectivamente ella- y nuevamente se funden en un beso enamorado.

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